“Yo soy Muhammad b. Abd Allah”, y elevó su linaje
hasta el Profeta y se atribuyó la pretensión de la impecabilidad y que él era
el Mahdi impecable y expuso sobre esto muchas tradiciones hasta convencerlos de
que él era el Mahdi. Extendió su mano y lo reconocieron como tal y les dijo:
“vuestro reconocimiento es como el de los compañeros del Enviado de Dios”.
Luego les redactó obras sobre la ciencia, entre ellas el libro que intituló Lo
más noble que se busca y dogmas sobre los fundamentos de la religión. Seguía la
escuela de Abu al-Hasan al-Asari en la mayoría de las cuestiones, excepto en la
demostración de los atributos, porque estaba con la Mutazila en su negación y
en otras pocas cuestiones y ocultaba algo del Siismo, solo que no manifestaba
nada de ello al pueblo. Hizo categorías de sus compañeros y puso a diez de
ellos que eran los que huyeron los primeros y se apresuraron a secundarle y son
los llamados al-Yamaa; puso a Cincuenta en la segunda categoría y estas no las
componía una sola cábila, sino que eran de cábilas distintas.
‘Abd al-Wāḥid al-Marrākuŝī (Ed. Huici Miranda)
A principios del siglo XII, en el Atlas magrebí,
surgía un movimiento reformador, revolucionario, que vendría a cambiar todo el
panorama político, social y religioso del Occidente islámico. Muḥammad
Ibn Tūmart, fundador de este nuevo empuje, junto a las tribus beréberes masmuda
encabezadas por los hintata que le apoyaban, poco a poco fue predicando e
imponiendo su doctrina frente a los “antropomorfistas” almorávides, señores de al-Magrib
al-Aqṣā y de al-Andalus en aquellos momentos. Los miembros de esta nueva
espiral reformadora y restauradora de la pureza original del islam se debían
sentir identificados con el ḥadīṯ en el que se afirmaba que “El islam comenzó
siendo un extraño y volverá a ser un extraño como empezó. ¡Bienaventurados sean
los extraños!”. Ibn Tūmart y sus seguidores, los verdaderos creyentes, se
sentirían así como extraños, gurabā’, en un mundo de decadencia religiosa.
